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“Pensé que estabas en París”. “Estoy en París”

Vera von Lehndorff, la estudiante alemana de arte que en los años sesenta se inventó a Veruschka, convirtiéndose en la modelo más famosa de la época de la mano del pintor, escultor y fotógrafo Holger Trülzsch, nos habla de todo ello en su artículo “Fundirse con el fondo” (El Paseante, 5): “Siempre me he utilizado –afirma–, a mí misma y a mi cuerpo, como un instrumento para expresar mis ideas, pero he sido yo misma la que me he utilizado como objeto (…) Mi único interés es fundirme con el fondo. El sitio es con frecuencia algún lugar en estado de decadencia y relacionado con nuestra cultura (…) A veces, la gente se pregunta por qué querré identificarme con puertas, ventanas o muros –todo ese material que está muerto o en proceso de decadencia (…) soy tan sólo una forma -la figura de un cuerpo humano femenino, sin expresión ni gestos personales- convirtiéndose en una segunda forma: una ventana, una puerta, un muro, etc. Para mí, los objetos de nuestro entorno tienen significados simbólicos (…) Yo siento que es importante relacionarse con la superficie de las cosas, porque la superficie puede revelarnos un mundo secreto, un aspecto nuevo. Creo firmemente en la multiplicidad de aspectos de una imagen o situación, en las cosas vistas desde muchos puntos de vista, en la resistencia al hábito -aceptación pasiva de nuestra forma de ver a los demás y a nosotros mismos a través de las convenciones”.

Estas palabras de Vera Lehndorff nos llevan a la escritora Susan Sontag, que escribió sobre Veruschka y su iconografía de la fusión y la auto desaparición en su artículo “Fragmentos de una estética de la melancolía”: “El deseo de esconderse, de camuflarse. De estar en otra parte. De ser otro. El deseo de hacerse pasar por otra persona, pero que ésta no sea lo suficientemente distinta. El deseo de escapar de una apariencia meramente humana: de ser un animal, no una persona, sino un objeto (¿piedra?, ¿madera?, ¿metal?, ¿tela?), pero no una persona (…) el deseo de reducir el mundo a materia, a algo en lo que uno mismo puede incluirse, hundirse  (…) El deseo de desvestirse; de desnudarse; de estar oculto; de desaparecer; de ser sólo la propia piel; de petrificar el cuerpo; de quedarse inmovilizado; de volverse inmaterial, un fantasma; de convertirse en pura materia, materia inorgánica; de detenerse; de morir”.

También se transfigura y auto desaparece Leticia, la protagonista del cuento de Julio Cortázar “Final del juego”. En este relato, tres niñas, Leticia, Holanda y la narradora se disfrazan y representan para el tren que pasa cada tarde estatuas, como Venus, o actitudes, como la envidia o la caridad. El juego está minuciosamente organizado: “Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedrecitas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema (…) Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes  no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible (…) Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos”. Leticia es la mejor en el juego, pero está enferma, su cuerpo tiene algún tipo de parálisis. Uno de los pasajeros del tren, un chico, se enamora de ella, de sus estatuas, y se baja del tren para conocerla. Ése será el final del juego, tras haberle dedicado Leticia su mejor creación.

En la novela El amante del volcán, de Susan Sontag, la segunda esposa del Cavaliere juega también a interpretar, para su marido y sus invitados, personajes y emociones, con una puesta en escena también calculada: para elegir el motivo, el Cavaliere le mostraba a la joven láminas, cuadros o estatuas de su colección; una vez conocido el tema, lo importante era encontrar ese momento crucial que resumiera la esencia de un personaje o de una emoción. Para la esposa del Cavaliere, como para Leticia, su “capacidad de expresión, su insaciable deseo de estar en contacto con otros, había encontrado más elevada vía de escape en este teatro de simuladas y antiguas emociones”. “Abríamos despacio la puerta blanca -nos cuenta la narradora de “Final del juego”-, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante”.

Y con Cortázar regresamos al título de esta entrada. Antonioni adaptó libremente para el cine el cuento de Cortázar “Las babas del diablo” con el título de Blow up. Y precisamente Vera Lehndorff hizo una legendaria intervención en esta película. La cámara se apropiaba de un cuerpo dócil -pasivo- en una operación extraña en la que el fotógrafo se retorcía parodiando movimientos sexuales sobre el cuerpo de Veruschka, mientras ésta adoptaba, posando, diferentes posturas. Al final de la película, el fotógrafo se sorprende al encontrarse con ella en una fiesta en Londres. “Pensé que estabas en París”, le dice. Estoy en París”, responde ella. Ser siempre un objeto, pero pasivo sólo en su correcta medida; ser siempre uno mismo, estés donde estés: una imagen, una foto, un cuerpo… Saturada de voluntad.


1 Response to ““Pensé que estabas en París”. “Estoy en París””


  1. 13/07/2010 a las 12:45

    Mezcla de reflexiones profundamente inspiradoras. Desconocía el talento de la artista.
    Me quedo con “El deseo de hacerse pasar por otra persona” y otros fragmentos. Hoy me fundiría con el río Sena.

    Saludos,

    VD


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