28
Dic
10

¿Qué recuerdas de tu Navidad?

Hace muchos años (no sé cuántos, pero deben ser muchos porque aún daba clases en COU en lugar de en 2º de Bachillerato) el periódico Sur de Málaga publicó un cuento de Ray Loriga, “Navidades Todoterreno”. Entonces no existían los periódicos digitales, así que recorté el cuento (todavía andará por alguna carpeta), lo fotocopié, y se lo pasé a mis alumnos. Hice lo mismo durante muchas navidades, en esos últimos días de clase antes de las vacaciones: primero, leíamos el cuento y, luego, cada uno tenía que escribir una redacción sobre lo que recordaba de las Navidades de su infancia. Aquí está el cuento:

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“Navidades Todoterreno”

Ray Loriga

Las Navidades se parecen unas a otras como los batines que llevaban Marlon Brando y el amante de su difunta esposa en El último tango en París. Mi padre trataba de vender el coche, mi hermano llevaba dos meses sin salir de su habitación, mi hermana tenía un novio, no un novio normal, un novio imbécil, mi madre no quería que mi padre vendiera el coche porque sabía que después se compraría un coche más caro y no teníamos dinero para eso. No teníamos dinero para casi nada, en realidad. Mi padre había conocido a  un uruguayo en el centro comercial, el uruguayo traía coches de América y los vendía muy baratos, eso decía él y eso decía también mi padre, pero a mi madre no le parecían nada baratos. Eran coches grandes, con ruedas inmensas como esos todoterreno que salen en las películas. Mi padre llevaba una foto en la cartera. La sacaba y decía: éste es mi coche. Estaba más orgulloso del coche que no tenía que de todo lo demás. No llevaba fotos nuestras ni de mamá en la cartera, llevaba sólo la foto de ese gigantesco todoterreno americano. La sacaba todo el tiempo y decía: éste es mi coche.

A mí me parecía bien, lo de la foto digo, no veo por qué tiene uno que llevar fotos de su familia en la cartera. No me gusta la idea. Mi abuela decía que a menudo la gente se emociona más con las fotos de su familia que con su familia en persona. Mi abuela era muy lista pero ya se ha muerto. Da igual lo listo que uno sea porque al final te mueres y se acabó. Por eso me parecía bien que mi padre quisiera tener un coche tan grande porque uno se muere más contento si en esta vida ha conseguido algo de lo que quería.

A mi hermana le volvían loca los indios. Quería que un indio la raptase y la llevase muy lejos. Quería pescar salmones con lanza y cazar bisontes con un cuchillo y comer serpientes en rodajas y leer nubes de humo como quien lee el periódico. No tuvo suerte. En la lista de los diez hombres más grandes de todos los tiempos que escribió su novio aparecía tres veces el general Custer. El novio de mi hermana quería ser militar, estudiaba para militar, su padre era militar y el padre de su padre también, y el padre del padre de su padre. Sólo su familia había matado más gente que el cáncer de pulmón. Estaba muy orgulloso de ello. A mi madre no le gustaba nada el novio de mi hermana, pero le gustaba menos aún el futuro coche de mi padre.

Mi hermano seguía encerrado y hacía bien. Mi madre gritaba todo el tiempo y era mejor que no te pillase por el pasillo. Mi padre también quería gritar pero se quedaba afónico enseguida. Mi madre ha sido actriz y sabe cómo gritar sin destrozarse las cuerdas vocales. Ella lo llama proyectar la voz. Mi padre no sabe proyectar la voz y si grita un día tiene que quedarse callado los dos días siguientes. Se pasea por la casa como un fantasma con su foto metida en el bolsillo.

Así que hace frío y el novio de mi hermana dentro de nada tendrá su propia pistola y mi padre no consigue vender el coche viejo y mi madre cada día está más lejos de sus sueños, que no sabemos cuáles son porque ella no tiene foto y yo no acabo de entender por qué tener una familia es mejor que no tenerla.

Mi madre dice:

-Todos a la mesa.

Mi hermano sale de su cuarto, mi hermana y su novio, el asesino de indios, ayudan a traer desde la cocina un animal muerto del tamaño del portaviones Saratoga.  El Saratoga era ese que después del ataque a Pearl Harbour sólo podía navegar en círculos. Mi padre se sienta sin decir nada al extremo de la mesa. No está afónico. Hace un par de días que no grita, en realidad hace un par de días que no habla, ni enseña su foto, ni nada.  Nos zampamos el Saratoga y un montón de cosas más, todas muy ricas, que mi madre había preparado sin que nadie le echase una mano como pasa siempre con las madres que eran actrices o cualquier otra cosa y acaban cuidando de un montón de desagradecidos que o no salen de su cuarto o se casan con nazis o escriben cuentos muchos años más tarde ridiculizando a su propia familia. Después del postre bebimos champaña que en realidad era cava y luego mi madre le pidió a mi padre que dijera algo.

Mi padre se levantó y sacó la cartera.

– Hace tres días detuvieron a mi amigo el uruguayo por presunta estafa. Va a pasar las Navidades en la cárcel mientras preparan la deportación. No hay uruguayo, no hay coche. Espero que estéis todos contentos.

Entonces rompió la foto. La iba a romper en muchos trocitos pero se arrepintió y la rompió sólo en dos. Luego cogió los dos pedazos y se los volvió a guardar en la cartera. Se fue de la mesa, cogió su abrigo, salió a la calle y le vimos alejarse en su coche viejo.

A los veinte minutos ya estaba de vuelta.

Nosotros no estábamos nada contentos.

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Recuerdo lo que uno de esos años escribió una alumna extranjera: para ella la Navidad de su infancia estaba en su país de origen, muy al norte de Europa, y eran las flores de hielo que cada mañana, mágicamente, aparecían en los cristales de sus ventanas. De entonces me viene a mí la fascinación por las escarchas y los copos de nieve, una fascinación que más tarde encontré en Orhan Pamuk (hoy también lo recordé a él; ¿será por eso que escribo esta entrada?), aunque eso es otra historia.

Yo también, al leer el cuento, pensé en las Navidades de mi infancia… Para mí las Navidades eran el collar de perlas que se ponía mi madre cada Nochebuena, y el mantel bordado por ella para su ajuar que poníamos en la mesa; porque la Nochebuena siempre la pasábamos en nuestra casa, y allí acudían, según los años, mi abuela, mi tío Agustín o mi tía Eduarda. Eran el villancico de “Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…” que pasábamos  todo el día 24 cantando hasta la hora de la cena. Y eran la serpentina y los confetis que tirábamos por todo el salón en Nochevieja después de las uvas, y cómo me maravillaba que mi madre nos dejara ese desorden sin que pareciera importarle nada. Eran los regalos que el día de Reyes encontrábamos inexplicablemente a los pies de nuestras camas, no bajo el árbol, como se dejan ahora. Eran los discos de villancicos que nos ponía mi padre, como éste de Rocío Dúrcal, y eran los adornos navideños, los mismos cada año, como los que vemos en la imagen… Y, curiosamente, todos esos recuerdos no están en la casa en la que viví desde los 6 años y en la que viven mis padres todavía, sino en la casa en la que vivimos antes…

Y tú, ¿qué recuerdas de tu Navidad?


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