15
Ago
11

“Never let me go”

Ayer terminé de leer Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Pero todavía hoy no puedo pensar en nada más. No es como cuando ves una película, o lees un libro, y y te hinchas de llorar, pero al poco de levantarte del sillón o de la butaca, ya estás lejos de ello, en tu vida. A veces bastan unos minutos, a veces unas horas… Pero nada más.

Si consideramos que mis dos grandes pasiones, desde hace muchísimos años, son el cine y la literatura, y que, por tanto, habré visto muchas pelis y leído muchos libros, y entre ellos y ellas muchas maravillas), resulta que me doy cuenta de que muy pocas veces se siente un impacto tan grande, que te hace darle vueltas y más vueltas, sin solución, a tu lugar en el mundo. Y menos mal.

A pesar del título, no es una novela de amor. Y ya que hablamos del título, me gusta mucho más el original, Never let me go, “no me dejes ir”. Es un pequeño matiz el que marca la diferencia: no me dejes ir, no me dejes ir… Pero dejamos ir cosas muy importantes, sin pensar que se van y se van, que nada va a volver, que ni siquiera hay tiempo para que vuelvan.

Lo siento, esta entrada no va a ser muy alegre. Y no puedo contar la novela, por supuesto. No quiero contar nada de ella. Sólo que está maravillosamente escrita, que es lo que sucede cuando una forma es la única que puede ir con un determinado contenido. Y que es muy triste, sobre todo por lo que no se cuenta, o por lo que está en el contenido pero no en la forma. Que el relato es frío y cruel, pero el frío está de esté lado. Y que sigue contigo cuando la has terminado, que seguirá siempre, porque yo puedo ser Kath, o Ruth, o incluso Tommy; porque vivimos, estudiamos mucho, intentamos hacer cosas maravillosas, luchamos, nos preocupamos, nos enfadamos, nos decimos adiós, nos enamoramos… ¿Nos rebelamos acaso nosotros (¿y de qué?) ?, ¿nos preguntamos para qué o por qué? ¿Qué nos queda de todo?

Y al terminar el libro, me he acordado de una película, basada en un relato de Annie Proulx -de nuevo cine y literatura-, que tuvo para mí el mismo efecto cuando la vi (y cuando leí el relato, después; y cuando lo he releído hoy):  Brokeback Mountain, de Ang Lee. La vi hace un par de años, estuve varias semanas trastornada, y aún siento lo mismo hoy cuando pienso en ella, en la triste y sin sentido historia de amor. Porque está sí es una historia de amor. Y es curioso que parezca que Nunca me abandones y Brokeback Mountain son completamente diferentes, y que, sin embargo, sean lo mismo, te digan lo mismo: el tiempo perdido, que nunca se va a recuperar; la vida tan corta, tan corta; el sinsentido de la vida y, aun así, el desperdiciarla; todo lo que pierdes en el camino y, aunque te das cuenta, dejas que se pierda… En Brokeback Mountain esto lo sufrimos con los personajes y su historia de amor, del amor que fue y del que no dejaron que fuera; en Nunca me abandones olvidamos el amor, aunque lo hay, y nos quedamos con la vida. En ambas, hay un objeto que acompaña a los protagonistas: las camisas con sangre en Brokeback Mountain y la cinta de música en Nunca me abandones (por cierto, ésta tiene también adaptación cinematográfica, aunque resulta decepcionante después de haber leído el libro. Sin embargo, merece la pena en ella ver la cinta de Judy Bridgewater, y oír la canción).  En ambas, están los recuerdos; en ambas hay un personaje solo, al final de su historia, solo y con sus recuerdos, sin más. Y sin otro sentido que el de seguir hasta el fin. Es curioso, también, como me parece que coinciden el final de la novela de Kazuo Ishiguro y el final del relato de Annie Proulx, porque no hay más final que el que hay: uno, un sueño; otro, una fantasía. Y los puedo poner aquí ambos sin desvelar nada a los lectores.

Brokeback Mountain (En terreno vedado): “Por aquella época Jack empezó a aparecérsele en sueños, Jack tal como lo había visto la primera vez, la cabeza cubierta de rizos, sonriente, los dientes saltones (…) Y a veces Ennis se despertaba apesadumbrado, y otras con la antigua sensación de dicha y liberación; la almohada estaba a veces húmeda, otras veces las sábanas. Había un espacio abierto entre lo que sabía y lo que trataba de creer, pero sobre eso no podía hacer nada, y cuando algo no tiene remedio, hay que fastidiarse”.

Nunca me abandones: “La fantasía no pasó de ahí –no permití que fuera más lejos–, y aunque las lágrimas me caían por las mejillas, no estaba sollozando abiertamente ni había perdido el dominio de mí misma. Aguardé un poco, y volví al coche, y me alejé en él hacia dondequiera que me estuviera dirigiendo.”

Hacia dondequiera que me estuviera dirigiendo…  N E V E R   L E T   M E   G O .  .  .


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