27
Ene
12

Estatuas y actitudes

“Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino”.

De Cortázar me enamoré primero por sus cuentos. Después vendría él, su vida, Rayuela… Cortázar se ha quedado siempre conmigo. Y, de sus cuentos, he leído muchas veces “Final del juego”. Desde la primera lectura, quedé sugestionada: por la triste historia de Leticia; por la maravillosa -a mis ojos adoslencentes- y aventurera vida de esas tres hermanas; por el ansia de libertad que siempre aparecía entre líneas… Pero, sobre todo, quedé sugestionada por el “juego”, por ese juego de “Estatuas  y actitudes” que tan bien podría yo misma haber inventado:

“Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, maginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo —un trapo, una pelota, una rama de sauce—a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles”.

Cada vez que leía, que leo, casi al comienzo del relato, el fragmento con el que inicio esta entrada, era como si yo sintiera también ese viento empujándome hacia delante, hasta mi reino. Ese reino de estatuas y actitudes, ese reino que no era sino “una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía”. Ese reino era el teatro. Leticia, Holanda y la narradora sin nombre dejaban atrás su vida de fregar la loza y con sus estatuas y actitudes entraban en el maravilloso mundo del teatro, improvisado junto a las vías de un tren y no por ello menos marvilloso. Representaban cada tarde su función, una función que preparaban minuciosamente, y que el público sólo podía ver durante unos segundos, desde las ventanillas del tren al pasar. El teatro, efímero… Hasta que el teatro se mezcló con la vida.

Quizá por eso me gustó desde siempre tanto este cuento, ese juego, el juego de las estatuas y actitudes en el que yo hoy también participo, por fin…

Me acordé de este juego y de sus tres protagonistas hace unos días, al ver una imagen de la “Melancolía” de Durero, y su expresión concentrada. A Leticia, a Holanda, a mí, nos habría gustado representar esa actitud…


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