Archive for the 'arte' Category

28
Dic
16

Dennis Hopper

dennis-hopper-300x201

Dennis Hopper me mira desde una pantalla gigante. Me hipnotiza desde el instante en que lo veo. Me mira directamente a los ojos, me sigue con gestos imperceptibles, aunque en realidad no me está viendo, porque Dennis Hopper está solo. Me recuerda a uno de los ejercicios de mis cursos de teatro, en los que tenías que ponerte frente al público, en el escenario, solo, sin hacer absolutamente nada, sola. Así está Dennis Hopper: está conmigo y al mismo tiempo está solo, estamos solos.

Anuncios
25
Oct
10

Black Mountain College, perdido entre las colinas…

El Black Mountain College fue algo así como el equivalente norteamericano de nuestra Residencia de Estudiantes. Así, los estudiantes y profesores del Black Mountain son fundamentales en la estética y la poética de los años cincuenta y setenta: Charles Olson, Robert Duncan, Edward Dorn, Merce Cunningham… La lista es interminable… Y la historia del college, apasionante. El Black Mountain College, perdido entre las colinas, fue el centro de todo.

Como cuenta su primer rector, John Rice (que había sido despedido de la Rollins University en 1933 por la radicalidad de sus opiniones), el objetivo fundamental era enseñar el método y no el contenido; hacer que el estudiante advirtiera que el modo de enfrentarse a los hechos es más importante que los propios hechos, pues los hechos cambian, pero el método permanece inalterable.

En el Black Mountain College no había decanos ni administradores. Existía un auténtico gobierno estudiantil con igual categoría a la de los miembros del profesorado y el rector. Y todas las decisiones se tomaban en discusión con los estudiantes.

El negocio

Estar enamorado es como salir

afuera para ver qué tal día

hace. No creas

que me equivoco. S tú la amas

¿cómo pruebas que ella

ama también, a menos que eso

ocurra, una posibilidad remota

de la cual dependes

tú? Con todo, el regateo era

para  los indios una forma de

vida.

Existen antecedentes.

Robert Creeley

Rice quería que el estudio y la vida estuvieran entrelazados. El logotipo subraya esa unión: un anillo dentro de otro anillo. Por eso, profesorado y alumnado viven, aprenden, enseñan y disfrutan de su tiempo libre en un mismo espacio, similar a un hotel. Todos comen en una sala común, y realizan las tareas de modo voluntario. De este modo, los alumnos sienten que constituyen un elemento tan importante como el rector o el resto de los miembros. Las normas se reducen al mínimo.

La regla para los que enseñaban allí era ser como un artista del mundo de la enseñanza, ser alguien creativo y productivo, aprovechando todo cuanto recorre su órbita. Penetrar en el pasado y sentir mentalmente la ruta que conduce al futuro. Tampoco existían cursos obligatorios. Los alumnos que querían graduarse tenían que hacer dos exámenes durante su estancia allí. Las preguntas pretendían siempre desafiar la capacidad imaginativa e intelectual de los estudiantes. El cómo obtener los conocimientos necesarios era responsabilidad de ellos: podían trabajar por su cuenta con la ayuda de un tutor o asistir a las clases. El teatro, la música y las bellas artes eran parte integral de la vida del college, convencidos de que, a través de alguna forma de experiencia artística, el alumno puede alcanzar la certeza del orden del mundo. Y el college se atrajo artistas creadores, como invitados y como profesores. La afluencia de visitantes era interminable. Aunque, como dijo Henry Miller, “eran los alumnos, y no los maestros, quienes resultaban interesantes”.

La polémica estaba servida. A los padres no les convencía, ya que era un college caro y no estaba homologado. Y pronto tuvo fama de ser un refugio de “rojos”.

Charles Olson, su último rector, reflexionaba en una entrevista una vez que el college llegó a su fin: “¡quién diablos iba a ir a Black Mountain salvo algunas personas como, ya sabes como dicen, raras o chifladas o potencialmente intensas! En fin, que con la oferta de posibilidades educativas que hay en Norteamérica, quién iba a querer ir a Black Mountain desde el principio, ¿entiendes?”.

Sí, yo…

23
May
10

“Pensé que estabas en París”. “Estoy en París”

Vera von Lehndorff, la estudiante alemana de arte que en los años sesenta se inventó a Veruschka, convirtiéndose en la modelo más famosa de la época de la mano del pintor, escultor y fotógrafo Holger Trülzsch, nos habla de todo ello en su artículo “Fundirse con el fondo” (El Paseante, 5): “Siempre me he utilizado –afirma–, a mí misma y a mi cuerpo, como un instrumento para expresar mis ideas, pero he sido yo misma la que me he utilizado como objeto (…) Mi único interés es fundirme con el fondo. El sitio es con frecuencia algún lugar en estado de decadencia y relacionado con nuestra cultura (…) A veces, la gente se pregunta por qué querré identificarme con puertas, ventanas o muros –todo ese material que está muerto o en proceso de decadencia (…) soy tan sólo una forma -la figura de un cuerpo humano femenino, sin expresión ni gestos personales- convirtiéndose en una segunda forma: una ventana, una puerta, un muro, etc. Para mí, los objetos de nuestro entorno tienen significados simbólicos (…) Yo siento que es importante relacionarse con la superficie de las cosas, porque la superficie puede revelarnos un mundo secreto, un aspecto nuevo. Creo firmemente en la multiplicidad de aspectos de una imagen o situación, en las cosas vistas desde muchos puntos de vista, en la resistencia al hábito -aceptación pasiva de nuestra forma de ver a los demás y a nosotros mismos a través de las convenciones”.

Estas palabras de Vera Lehndorff nos llevan a la escritora Susan Sontag, que escribió sobre Veruschka y su iconografía de la fusión y la auto desaparición en su artículo “Fragmentos de una estética de la melancolía”: “El deseo de esconderse, de camuflarse. De estar en otra parte. De ser otro. El deseo de hacerse pasar por otra persona, pero que ésta no sea lo suficientemente distinta. El deseo de escapar de una apariencia meramente humana: de ser un animal, no una persona, sino un objeto (¿piedra?, ¿madera?, ¿metal?, ¿tela?), pero no una persona (…) el deseo de reducir el mundo a materia, a algo en lo que uno mismo puede incluirse, hundirse  (…) El deseo de desvestirse; de desnudarse; de estar oculto; de desaparecer; de ser sólo la propia piel; de petrificar el cuerpo; de quedarse inmovilizado; de volverse inmaterial, un fantasma; de convertirse en pura materia, materia inorgánica; de detenerse; de morir”.

También se transfigura y auto desaparece Leticia, la protagonista del cuento de Julio Cortázar “Final del juego”. En este relato, tres niñas, Leticia, Holanda y la narradora se disfrazan y representan para el tren que pasa cada tarde estatuas, como Venus, o actitudes, como la envidia o la caridad. El juego está minuciosamente organizado: “Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedrecitas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema (…) Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes  no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible (…) Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos”. Leticia es la mejor en el juego, pero está enferma, su cuerpo tiene algún tipo de parálisis. Uno de los pasajeros del tren, un chico, se enamora de ella, de sus estatuas, y se baja del tren para conocerla. Ése será el final del juego, tras haberle dedicado Leticia su mejor creación.

En la novela El amante del volcán, de Susan Sontag, la segunda esposa del Cavaliere juega también a interpretar, para su marido y sus invitados, personajes y emociones, con una puesta en escena también calculada: para elegir el motivo, el Cavaliere le mostraba a la joven láminas, cuadros o estatuas de su colección; una vez conocido el tema, lo importante era encontrar ese momento crucial que resumiera la esencia de un personaje o de una emoción. Para la esposa del Cavaliere, como para Leticia, su “capacidad de expresión, su insaciable deseo de estar en contacto con otros, había encontrado más elevada vía de escape en este teatro de simuladas y antiguas emociones”. “Abríamos despacio la puerta blanca -nos cuenta la narradora de “Final del juego”-, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante”.

Y con Cortázar regresamos al título de esta entrada. Antonioni adaptó libremente para el cine el cuento de Cortázar “Las babas del diablo” con el título de Blow up. Y precisamente Vera Lehndorff hizo una legendaria intervención en esta película. La cámara se apropiaba de un cuerpo dócil -pasivo- en una operación extraña en la que el fotógrafo se retorcía parodiando movimientos sexuales sobre el cuerpo de Veruschka, mientras ésta adoptaba, posando, diferentes posturas. Al final de la película, el fotógrafo se sorprende al encontrarse con ella en una fiesta en Londres. “Pensé que estabas en París”, le dice. Estoy en París”, responde ella. Ser siempre un objeto, pero pasivo sólo en su correcta medida; ser siempre uno mismo, estés donde estés: una imagen, una foto, un cuerpo… Saturada de voluntad.




noviembre 2017
L M X J V S D
« Ene    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Archivo

Twitter

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 419 seguidores

Visitas

  • 42,318