Archive for the 'cine' Category

13
Ene
17

Cine y poesía: remando al viento

Se ha hablado mucho acerca de las relaciones entre cine y literatura (“Cine y literatura: amistades peligrosas” se llamaba un curso al que asistí hace ya tiempo). Se ha hablado y se ha discutido, y casi siempre llegándose a la conclusión de que las adaptaciones cinematográficas son peores que las obras literarias. Casi siempre, porque ahí está El Sur, de Erice. O la a veces denostada El cielo protector de Bertolucci y que a mí me parece maravillosa, como la novela.

Y cómo no mencionar las diferentes versiones de una obra como Drácula de Bram Stoker, que ha dado lugar, a lo largo de los siglos, a películas muy diferentes que han ido adaptando el mito de Drácula a cada tiempo, a cada época, reflejando sus características esenciales. La novela de Stoker fue una fiel representante del Romanticismo: una historia arrebatada y trágica protagonizada por el héroe más marginal que podamos imaginar. Nosferatu, la película de Murnau de 1922, fue bandera del expresionismo alemán. En los 60 y 70, Christopher Lee encarnó a un vampiro terrorífico y erótico. Y en 1992 Coppola nos sorprendió con una historia de amor, un amor sin tiempo ni espacio, poético, eterno, inalcanzable… Coppola aportó un punto de vista muy personal a la novela y la convirtió en una obra de autor (ejemplo paradigmático de lo que debe ser una buena adaptación cinematográfica). No es, desde luego, una traslación fidedigna de la novela al cine, ya que la introducción de la película en la que se explica cómo se convirtió Drácula en un muerto viviente es una invención de Coppola: el conde, al regresar a su castillo tras una batalla, encuentra que su amada Elisabeta se ha suicidado creyendo que él había muerto; por ello reniega de Dios y acepta al Diablo. Una invención acertada por completo, ya que rescata del olvido una idea del Romanticismo que muy bien podría haber estado en la novela: el amor lejano e inaccesible. Novalis, uno de los genios románticos, se comprometió con una joven que murió a los quince años, pero él siguió amándola el resto de su vida; también Novalis escribió la historia del joven Heinrich, que busca una flor azul que un día vio en un sueño y que desde entonces siempre ha añorado. Coppola enlazó dos épocas, el Romanticismo y los 90, a través de un amor incansable, sostenido durante 400 años, y nos dio un nuevo tópico, el espíritu de los noventa: “El amor nunca muere”.

Pero no quería hablar aquí de cine y literatura, sino de cine y poesía, una relación que viene dando maravillosos y variados frutos, y algunos muy extraños, como veremos al final.

Hay películas que sólo existen porque existe un poema y surgieron todas ellas alrededor de él. Pienso, por ejemplo, en Esplendor en la hierba, que termina con esos versos de William Wordsworth que dan sentido a la tristeza que nos embarga: “Aunque ya nada pueda devolver / la hora del esplendor en la hierba, / de la gloria en las flores, / no hay que afligirse, / porque siempre la belleza subsiste / en el recuerdo”.  O incluso una comedia como Cuatro bodas y un funeral sólo tiene sentido como marco del poema “Parad los relojes” de W. H. Auden. Y Remando al viento, de Gonzalo Suárez, que cuenta el proceso de creación de una de las grandes novelas románticas, Frankenstein, pero con un enfoque centrado en el trágico destino que tuvieron todos los personajes involucrados en la creación de un relato de terror. Y todo ello se entiende a partir de la afirmación de Lord Byron de que el mejor poema será “aquél que diese vida a la materia por la sola fuerza de la imaginación”, y a partir del poema de Percy Shelly: “No despiertes a la serpiente, no sea que / ignore cuál es el camino a seguir”. Mary Shelley se obsesionó con este poema de su marido tras escribir su Frankestein. Y a partir de ahí la desgracia la persiguió. Murieron sus dos hijos, murió ahogado su marido, murieron su hermana y su sobrina y amigos como Pollidori o Byron. Mary Shelley siempre creyó que había despertado a la serpiente.

Y cine y poesía son inseparables en películas muy distintas, como El lado oscuro del corazón y la magnífica El desencanto, y su segunda parte, Después de tantos años. Y la reciente Bright star.

Y hablar de cine y poesía se me ocurrió, curiosamente, depués de leer un poema de Lorca, “Niña ahogada en un pozo”.

Las estatuas sufren por los ojos con la oscuridad de los ataúdes,

pero sufren mucho más por el agua que no desemboca.
Que no desemboca.

El pueblo corría por las almenas rompiendo las cañas de los pescadores.
¡Pronto! ¡Los bordes! ¡Deprisa! Y croaban las estrellas tiernas.

…que no desemboca.

Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo.
…que no desemboca.

Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias,
sin afilado límite, porvenir de diamante,
…que no desemboca.

Mientras la gente busca silencios de almohada
tú lates para siempre definida en tu anillo,
…que no desemboca.

Eterna en los finales de unas ondas que aceptan
combate de raíces y soledad prevista,
…que no desemboca.

¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!
…que no desemboca.

Pero el pozo te alarga manecitas de musgo.
insospechada ondina de su casta ignorancia,

…que no desemboca.

No, que no desemboca. Agua fija en un punto,

respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y los edificios deshabitados.

¡Agua que no desemboca!

Y me acordé de una película que vi hace bastante, y que no tiene nada que ver con la poesía, o eso creía yo: The ring. Parece absurdo, pero el director (y a pesar de ser un remake) tuvo que haber leído este poema.  Ahí están el anillo, el círculo, el pozo, los caballos incluso, y la imprecación “¡Levántate del agua!”.

28
Dic
16

Dennis Hopper

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Dennis Hopper me mira desde una pantalla gigante. Me hipnotiza desde el instante en que lo veo. Me mira directamente a los ojos, me sigue con gestos imperceptibles, aunque en realidad no me está viendo, porque Dennis Hopper está solo. Me recuerda a uno de los ejercicios de mis cursos de teatro, en los que tenías que ponerte frente al público, en el escenario, solo, sin hacer absolutamente nada, sola. Así está Dennis Hopper: está conmigo y al mismo tiempo está solo, estamos solos.

24
Mar
14

Contra el tiempo

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28
Dic
13

Embrujo de Shanghai, embrujo de futuro

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Encuentras un libro olvidado, no sabes por qué, durante mucho tiempo en tu biblioteca. Un libro que tenías muchas ganas de leer, un libro con película que no quisiste ver hasta después de haberlo leído. “El embrujo de Shanghai”, de Juan Marsé. Y es Navidad, y tienes tiempo de leer todas las mañanas en la cama al despertarte, mientras sientes el sol en tu cara.

Y abres el libro, por fin, y te encuentras, nada más abrirlo, con su frase introductoria, una cita de Luis García Montero:

“La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo siento con frecuencia la nostalgia del futuro, quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta cuando todo merodeaba por delante y el futuro aún estaba en su sitio.”

Y sabes, entonces, que el libro será una maravilla. Y comienzas a leerlo embrujada ya por Shanghai, embrujada por el futuro que pudo ser.

22
Ene
12

Los ángeles que quieren ver en color

“Poder ser malos alguna vez, enfrentarnos a todos los demonios de la tierra que se cruzan con las personas, pelearnos y echarlos”.

Hacía sol esta tarde de domingo, aunque yo he preferido pasarla en blanco y negro viendo de nuevo El cielo sobre Berlín. Me acordé de ella ayer, mientras escuchaba a Hilario Camacho.

Así que hoy he vuelto a encontrarme con este Berlín gris y derruido a través de los ojos de dos ángeles que no quieren ser ángeles. Porque ángeles y humanos se confunden aquí y confunden sus aparentes distancias: ¿qué es apariencia y qué es realidad? El cielo y la tierra, nuestros sueños y nuestra realidad.

Todo es así desde el principio, desde esa bella imagen en la que vemos desvanecerse las alas del ángel protagonista, Bruno Ganz.

Los ángeles no quieren ser ángeles, seres condenados a la soledad y a la incomunicación. Los ángeles quieren tener fiebre, vivir ahora y no para siempre, adivinar algo y no saberlo todo, ser salvajes, enfrentarse a los demonios, ser malos alguna vez… Maravilloso el diálogo de los dos ángeles sentados en un coche.

Y luego, como un verdadero ángel, aparece la chica resplandeciente en su trapecio. La chica, que no es un ángel, pero que tiene alas, que desea “estar con los colores”, que está sola y desolada como los ángeles… Y el ángel se enamora de ella y ya no quiere ser ángel más.

Desde pequeña, nunca entendí por qué cambiaban los títulos de las películas extranjeras por otros, normalmente estropeándolos, en vez de limitarse a traducirlos. No me gusta el título que le dieron en las versiones francesa e inglesa: Der himmel über Berlin pasó a ser Les ailes du désir y Wings of Desire. Aquí al menos triunfó el título alemán, El cielo sobre Berlín. Es mucho más poético e intemporal, y en él está Berlín como símbolo de las fronteras y la incomunicación.

Los ángeles no pueden cambiar el curso de las cosas. Los ángeles ven en blanco y negro, pero quieren ver en color. Los ángeles son seres pasivos, pero quieren sentir. Aunque sentir signifique quedarse solos, indefensos. Y por eso, porque las alas no tienen deseo, para sentir tienen que caer a la tierra. Como cae Bruno Ganz. Como cae la chica confundiendo de nuevo los papeles, rompiendo esas fronteras que nunca deberían existir. Como cayó Hilario Camacho. Los ángeles quieren morir, los ángeles quieren estar vivos.

15
Ago
11

“Never let me go”

Ayer terminé de leer Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Pero todavía hoy no puedo pensar en nada más. No es como cuando ves una película, o lees un libro, y y te hinchas de llorar, pero al poco de levantarte del sillón o de la butaca, ya estás lejos de ello, en tu vida. A veces bastan unos minutos, a veces unas horas… Pero nada más.

Si consideramos que mis dos grandes pasiones, desde hace muchísimos años, son el cine y la literatura, y que, por tanto, habré visto muchas pelis y leído muchos libros, y entre ellos y ellas muchas maravillas), resulta que me doy cuenta de que muy pocas veces se siente un impacto tan grande, que te hace darle vueltas y más vueltas, sin solución, a tu lugar en el mundo. Y menos mal.

A pesar del título, no es una novela de amor. Y ya que hablamos del título, me gusta mucho más el original, Never let me go, “no me dejes ir”. Es un pequeño matiz el que marca la diferencia: no me dejes ir, no me dejes ir… Pero dejamos ir cosas muy importantes, sin pensar que se van y se van, que nada va a volver, que ni siquiera hay tiempo para que vuelvan.

Lo siento, esta entrada no va a ser muy alegre. Y no puedo contar la novela, por supuesto. No quiero contar nada de ella. Sólo que está maravillosamente escrita, que es lo que sucede cuando una forma es la única que puede ir con un determinado contenido. Y que es muy triste, sobre todo por lo que no se cuenta, o por lo que está en el contenido pero no en la forma. Que el relato es frío y cruel, pero el frío está de esté lado. Y que sigue contigo cuando la has terminado, que seguirá siempre, porque yo puedo ser Kath, o Ruth, o incluso Tommy; porque vivimos, estudiamos mucho, intentamos hacer cosas maravillosas, luchamos, nos preocupamos, nos enfadamos, nos decimos adiós, nos enamoramos… ¿Nos rebelamos acaso nosotros (¿y de qué?) ?, ¿nos preguntamos para qué o por qué? ¿Qué nos queda de todo?

Y al terminar el libro, me he acordado de una película, basada en un relato de Annie Proulx -de nuevo cine y literatura-, que tuvo para mí el mismo efecto cuando la vi (y cuando leí el relato, después; y cuando lo he releído hoy):  Brokeback Mountain, de Ang Lee. La vi hace un par de años, estuve varias semanas trastornada, y aún siento lo mismo hoy cuando pienso en ella, en la triste y sin sentido historia de amor. Porque está sí es una historia de amor. Y es curioso que parezca que Nunca me abandones y Brokeback Mountain son completamente diferentes, y que, sin embargo, sean lo mismo, te digan lo mismo: el tiempo perdido, que nunca se va a recuperar; la vida tan corta, tan corta; el sinsentido de la vida y, aun así, el desperdiciarla; todo lo que pierdes en el camino y, aunque te das cuenta, dejas que se pierda… En Brokeback Mountain esto lo sufrimos con los personajes y su historia de amor, del amor que fue y del que no dejaron que fuera; en Nunca me abandones olvidamos el amor, aunque lo hay, y nos quedamos con la vida. En ambas, hay un objeto que acompaña a los protagonistas: las camisas con sangre en Brokeback Mountain y la cinta de música en Nunca me abandones (por cierto, ésta tiene también adaptación cinematográfica, aunque resulta decepcionante después de haber leído el libro. Sin embargo, merece la pena en ella ver la cinta de Judy Bridgewater, y oír la canción).  En ambas, están los recuerdos; en ambas hay un personaje solo, al final de su historia, solo y con sus recuerdos, sin más. Y sin otro sentido que el de seguir hasta el fin. Es curioso, también, como me parece que coinciden el final de la novela de Kazuo Ishiguro y el final del relato de Annie Proulx, porque no hay más final que el que hay: uno, un sueño; otro, una fantasía. Y los puedo poner aquí ambos sin desvelar nada a los lectores.

Brokeback Mountain (En terreno vedado): “Por aquella época Jack empezó a aparecérsele en sueños, Jack tal como lo había visto la primera vez, la cabeza cubierta de rizos, sonriente, los dientes saltones (…) Y a veces Ennis se despertaba apesadumbrado, y otras con la antigua sensación de dicha y liberación; la almohada estaba a veces húmeda, otras veces las sábanas. Había un espacio abierto entre lo que sabía y lo que trataba de creer, pero sobre eso no podía hacer nada, y cuando algo no tiene remedio, hay que fastidiarse”.

Nunca me abandones: “La fantasía no pasó de ahí –no permití que fuera más lejos–, y aunque las lágrimas me caían por las mejillas, no estaba sollozando abiertamente ni había perdido el dominio de mí misma. Aguardé un poco, y volví al coche, y me alejé en él hacia dondequiera que me estuviera dirigiendo.”

Hacia dondequiera que me estuviera dirigiendo…  N E V E R   L E T   M E   G O .  .  .

21
Mar
11

“y brotó la compañía”

“Pasan lentos los días / y muchas veces estuvimos solos. / Pero luego hay momentos felices / para dejarse ser en amistad. / Mirad: somos nosotros. / Un destino condujo diestramente / las horas, y brotó la compañía”.

Ahora voy comprendiendo cada vez mejor por qué me gustó tanto, hace años, aquella película de Kenneth Branagh, En lo más crudo del crudo invierno. En ella, un actor en paro decide abordar el proyecto de su vida, el montaje de una representación teatral de su obra favorita, Hamlet. La película se centra en las tres semanas de preparación de la obra, las tres semanas de ensayo previas al estreno, y en ellas asistimos a sus dramas, a los problemas familiares que arrastran los personajes, y, sobre todo, a las relaciones de amistad que surgen entre ellos y que van creando un sentimiento de familia que impregna poco a poco a la compañía.

Em el IES “Los Manantiales” (siempre nuestro IES) también estamos montando una obra. No nos dirige un actor en paro (quizá sí un actor en abandono); nos dirige un profesor del centro… Bueno, el que pensábamos un profesor del centro, y que de repente, ya en el primer ensayo, se transformó ante nosotros en el director y actor profesional que siempre había sido, sin que ninguno nos hubiéramos dado cuenta.

Y lo que empezó como un juego, como una diversión, se convirtió, casi sin querer, en la vida.

El grupo lo formamos profesores y padres y madres de alumnos. Muchos, a pesar del día a día, casi desconocidos. Y sin embargo, semana tras semana, como los personajes de la película, hemos ido descubriendo bajo la mano maestra del director nuestros pequeños y grandes dramas. Y nos hemos cogido cariño, mucho. Y hemos recuperado a amigos perdidos por el trasiego de los días. Nuestro director lo ha conseguido, que seamos, por encima de todo, un grupo, una compañía; que nos unan la creación artística y la pasión por actuar, claro que sí, pero que sobre todo nos unan muchas otras cosas, en su mayoría intangibles.

Los otros, los que no están en el grupo nos miran quizás con recelo. No nos extrañamos. Debe de resultar muy raro vernos salir de un ensayo con los ojos hinchados y enrojecidos, sonándonos la nariz, con la cara pálida y descompuesta… Y felices. Y generalmente riendo y haciendo comentarios como “Nos hemos hartado de llorar. ¡Qué bien nos lo hemos pasado!”. Y cuando, en medio de las clases o de las reuniones nos cruzamos por un pasillo, siempre llueven sonrisas tímidas, o besos, o miradas cómplices.

La realidad es que no nos apuntamos al teatro para esto, pero ahora no podríamos vivir sin esto. “Volver, pasados los años, hacia la felicidad”, que dijo Gil de Biedma.

Y luego está la obra, que no es una obra al uso, es el montaje del director. Y viniendo de él, y de lo que está consiguiendo de nosotros, ya ninguno duda que va a ser un espectáculo impactante. Será a final de curso, y estamos dispuestos a irnos de gira, tras nuestro paso por el Salón de Actos del instituto.

Ya estamos pensando en nuestro próximo proyecto. Lo que está claro es que, como los personajes de la película de Kenneth Branagh, ya no somos los mismos.




julio 2017
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