Archive for the 'fotografía' Category

08
Oct
11

“Manantiales de Solidaridad”

Nos hemos presentado a los “Premios IRENE: La paz empieza en casa”, convocados por el Ministerio de Educación,  y en los que se premian experiencias educativas y trabajos innovadores que contribuyan a prevenir y erradicar las conductas violentas y a promover la igualdad y la cultura de la paz.

El proyecto, realizado por un equipo de profesores del IES “Los Manantiales” entre los que me incluyo, se denomina “Manantiales de Solidaridad” y engloba dos actividades que tienen como tema central la mujer: una, la puesta en marcha y representación de la obra teatral “Black & White”; la otra, un calendario. En ambas han participado todos los miembros de nuestra comunidad educativa: profesores, padres y madres, alumnos, conserjes, administrativos…

Aquí tenemos el vídeo de presentación del proyecto, realizado por nuestros artistas Paco Mohedano y Nico Martínez, y conducido maravillosamente por una de las actrices de “Black & White”, la Pallarés, como todos la llamamos ya.

Ahora sólo toca esperar el fallo.

SE ACABÓ EL DISCURSO. ¡TODOS PREPARADOS PARA EL BAILE!

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17
Jul
10

Una noche con Kurt Elling bajo “el cielo protector”

Tras una noche, la del jueves, de contenido y de choque tremendamente políticos en la asamblea de la agrupación socialista de Torremolinos, seguramente necesitaba mirar -sólo de momento, claro- hacia otro lado.

Y, así, como por casualidad, apareció Kurt Elling. Cuando el viernes al mediodía salía de Delegación tras haber entregado las notas de mi tribunal de oposiciones, recibí una llamada avisándome de su actuación esa misma noche. Fui corriendo a por las entradas. ¡Kurt Elling! El cantante de voz increíble que tantas veces había escuchado a través de sus discos. ¡Kurt Elling! El más importante vocalista de jazz del momento. ¡Kurt Elling! Mi cantante favorito.

A las 10:00 estábamos ya sentados en la segunda fila de la finca El Portón en Alhaurín de la Torre. Un sitio magnífico, bajo las estrellas, en el que apareció Kurt Elling, apenas pasadas las 10:30. Y la noche se convirtió en mágica. Salió al escenario con aspecto de ganster de una película de los 50, y sorprendió en cuanto empezaron a sonar las notas de su primer tema. Y siguió sorprendiendo hasta el final. Yo pensaba en el título de su primer disco, “Close Your Eyes”, y cerraba los ojos, porque si cierras los ojos mientras lo escuchas, ya no parece que estás en el mundo. Pero los abría enseguida, porque quería seguir viéndolo, a pocos metros de mí, bajo las estrellas, bajo ese cielo protector, como ponía en el título de esta entrada. Porque abriendo y cerrando los ojos, me acordé de esa maravillosa novela, El cielo protector, de Paul Bowles. Recordé un fragmento del que sólo me acuerdo muy pocas veces, aquéllas en las que ocurre algo mágico y extraordinario, aquéllas en que piensas, entonces, cuántas ocasiones más tendrás de vivir algo así. En el fragmento la protagonista,  sola en el desierto tras la muerte de su marido, piensa en una conversación que tuvo con él:

Había olvidado por completo la tarde de agosto, poco más de un año atrás, en que sentados en el césped, a la sombra de los arces, contemplaban la tormenta que se acercaba remontando el valle del río, y hablaron de la muerte. Y Port había dicho: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizá veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado.”

¿Cuántas veces más recordaré esta noche? Aquí dejo algunas imágenes del concierto y dos momentos de su actuación, para poder recordarla muchas veces. Siempre me quedará mi foto con Kurt Elling. Hoy toca volver a la realidad.

23
May
10

“Pensé que estabas en París”. “Estoy en París”

Vera von Lehndorff, la estudiante alemana de arte que en los años sesenta se inventó a Veruschka, convirtiéndose en la modelo más famosa de la época de la mano del pintor, escultor y fotógrafo Holger Trülzsch, nos habla de todo ello en su artículo “Fundirse con el fondo” (El Paseante, 5): “Siempre me he utilizado –afirma–, a mí misma y a mi cuerpo, como un instrumento para expresar mis ideas, pero he sido yo misma la que me he utilizado como objeto (…) Mi único interés es fundirme con el fondo. El sitio es con frecuencia algún lugar en estado de decadencia y relacionado con nuestra cultura (…) A veces, la gente se pregunta por qué querré identificarme con puertas, ventanas o muros –todo ese material que está muerto o en proceso de decadencia (…) soy tan sólo una forma -la figura de un cuerpo humano femenino, sin expresión ni gestos personales- convirtiéndose en una segunda forma: una ventana, una puerta, un muro, etc. Para mí, los objetos de nuestro entorno tienen significados simbólicos (…) Yo siento que es importante relacionarse con la superficie de las cosas, porque la superficie puede revelarnos un mundo secreto, un aspecto nuevo. Creo firmemente en la multiplicidad de aspectos de una imagen o situación, en las cosas vistas desde muchos puntos de vista, en la resistencia al hábito -aceptación pasiva de nuestra forma de ver a los demás y a nosotros mismos a través de las convenciones”.

Estas palabras de Vera Lehndorff nos llevan a la escritora Susan Sontag, que escribió sobre Veruschka y su iconografía de la fusión y la auto desaparición en su artículo “Fragmentos de una estética de la melancolía”: “El deseo de esconderse, de camuflarse. De estar en otra parte. De ser otro. El deseo de hacerse pasar por otra persona, pero que ésta no sea lo suficientemente distinta. El deseo de escapar de una apariencia meramente humana: de ser un animal, no una persona, sino un objeto (¿piedra?, ¿madera?, ¿metal?, ¿tela?), pero no una persona (…) el deseo de reducir el mundo a materia, a algo en lo que uno mismo puede incluirse, hundirse  (…) El deseo de desvestirse; de desnudarse; de estar oculto; de desaparecer; de ser sólo la propia piel; de petrificar el cuerpo; de quedarse inmovilizado; de volverse inmaterial, un fantasma; de convertirse en pura materia, materia inorgánica; de detenerse; de morir”.

También se transfigura y auto desaparece Leticia, la protagonista del cuento de Julio Cortázar “Final del juego”. En este relato, tres niñas, Leticia, Holanda y la narradora se disfrazan y representan para el tren que pasa cada tarde estatuas, como Venus, o actitudes, como la envidia o la caridad. El juego está minuciosamente organizado: “Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedrecitas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema (…) Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes  no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible (…) Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos”. Leticia es la mejor en el juego, pero está enferma, su cuerpo tiene algún tipo de parálisis. Uno de los pasajeros del tren, un chico, se enamora de ella, de sus estatuas, y se baja del tren para conocerla. Ése será el final del juego, tras haberle dedicado Leticia su mejor creación.

En la novela El amante del volcán, de Susan Sontag, la segunda esposa del Cavaliere juega también a interpretar, para su marido y sus invitados, personajes y emociones, con una puesta en escena también calculada: para elegir el motivo, el Cavaliere le mostraba a la joven láminas, cuadros o estatuas de su colección; una vez conocido el tema, lo importante era encontrar ese momento crucial que resumiera la esencia de un personaje o de una emoción. Para la esposa del Cavaliere, como para Leticia, su “capacidad de expresión, su insaciable deseo de estar en contacto con otros, había encontrado más elevada vía de escape en este teatro de simuladas y antiguas emociones”. “Abríamos despacio la puerta blanca -nos cuenta la narradora de “Final del juego”-, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante”.

Y con Cortázar regresamos al título de esta entrada. Antonioni adaptó libremente para el cine el cuento de Cortázar “Las babas del diablo” con el título de Blow up. Y precisamente Vera Lehndorff hizo una legendaria intervención en esta película. La cámara se apropiaba de un cuerpo dócil -pasivo- en una operación extraña en la que el fotógrafo se retorcía parodiando movimientos sexuales sobre el cuerpo de Veruschka, mientras ésta adoptaba, posando, diferentes posturas. Al final de la película, el fotógrafo se sorprende al encontrarse con ella en una fiesta en Londres. “Pensé que estabas en París”, le dice. Estoy en París”, responde ella. Ser siempre un objeto, pero pasivo sólo en su correcta medida; ser siempre uno mismo, estés donde estés: una imagen, una foto, un cuerpo… Saturada de voluntad.




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